Obreros del inconsciente: psicoanálisis y anticapitalismo

Samuel Hernández Huerta

El psicoanálisis no puede quedar relegado a una mera práctica psicoterapéutica, idealista o a un guiño de las excentricidades del siglo XX. Tampoco nuestra labor y praxis puede quedar ceñida al individualismo psicológico, mercantilista, heteronormado, racializado, colonizado o blanqueado, y mucho menos, someterse a ser un portavoz del discurso capitalista y propagar su obscena ideología. Las fuerzas del psicoanálisis están más allá de una epistemología y de una metodología que se adentra en las formaciones del inconsciente; sus maniobras anticapitalistas se confeccionan en gran medida en la dimensión política de su actuar. La provocación del psicoanálisis en su reciprocidad con el marxismo [Freud—Marx / Marx—Freud] frente al capitalismo libidinal se sitúa en el zanjado de un territorio fértil para los usos del síntoma, en la expropiación de las vías del habla, en el despeje de los caminos para el andar del sujeto exorcizado del psicocapitalismo y en la defensa del sujeto del inconsciente, el cual está descentralizado, pero no desahuciado. La revuelta se agudiza cuando el propósito de una militancia psicoanalítica es su lucha por la liberación del sujeto del habla, éste sujeto que no está atrapado en sí mismo, concluido o localizado; nos referimos a un sujeto desarticulado de su “ser” y que se funda en los equívocos, en la contingencia y en las derivas de su devenir.

Freud no es solamente quien revela las funciones que organizan la vida anímica, también inauguró un nuevo mercado: el psicoanálisis. Toda práctica que se inscriba en la lógica de salud o atención psíquica/mental (ahora conocida y administrada como “salud mental” o “psicoterapia”) es susceptible de su acaparamiento comercial. El caso del psicoanálisis no es la excepción, ya que, así como inaugura un tiempo orquestado por las revoluciones científicas, también ofrece una nueva mercancía: el psiquismo. Cabe decir que este psiquismo, más allá de las voluntades en nombre del bien común y de la liberación de las pulsiones vitales, la producción teórica de Freud no demoró en ser capitalizada o inmunizada en las faenas psi. Se podrá reprochar que el psicoanálisis nace del lecho capitalista, aburguesado y a su vez, falocentrizado, y estas nomenclaturas o entre otras que se le adjudiquen a la fundación de un proyecto que no se imaginó como una vía revolucionaria serán puestas en duda, no por mero capricho, sino porque la génesis del psicoanálisis como teoría del inconsciente discute en las fronteras de la dominación de la razón y la no-razón, del equívoco, del síntoma, más aún: de lo que es inaprensible o indecible. El psicoanálisis optó por construir y brindar recursos materialistas para una ética del deseo. El psicoanálisis incide radicalmente en el cogito occidental que produce imaginarios desde los usos de la razón atravesada por una hegemonía psicológica. El psicoanálisis abre un espacio de discusión no tocado con antelación, y es la estrecha relación política del deseo y el inconsciente frente a las masas y el poder. El psicoanálisis que proponemos se manifiesta como una acción anticapitalista, pero también decolonizadora del inconsciente. Con esto intentamos considerar que el psicoanálisis descentraliza la inflexible idea que norma al antropoceno como figura única y libre de dominar tanto sus pulsiones como de las contingencias de la vida anímica (aquí el fracaso de la psicología capitalista y aglomerado complejo psi). El sujeto de la razón queda abierto a un debate a partir del nacimiento del inconsciente que lega la obra freudiana. No dejemos de lado que el psicoanálisis se ha fundado desde una visión científica, acción que resitúa el lugar de la verdad frente a la razón de la Historia occidental. Quizá, sea necesario subrayar que el psicoanálisis es en esencia una producción teórica que moviliza y recompone los estados del ánimo, acciona una libertad franca y sutil más allá de una idea clásica de “libre albedrío”, logrando un efecto que traspasa una terapéutica romántica que tiene como slogan “la cura por la palabra” y provoca una reorganización de las fuerzas libidinales no excluyentes de la colectividad y acción social. En esta encrucijada, entre psicoanálisis y capitalismo, el psicoanálisis debe estar prevenido continuamente ante la ola de estrategias psicopolíticas que buscan lograr la dominación de las pulsiones.

Desde su aparición, la potencia y movilización política que produce el psicoanálisis se ha intentado degradar. Entre las críticas y violencias que al día de hoy persisten, es su relación con la ciencia (o ciencia psicológica) y su aburguesamiento. La ciencia demostrativa, sustancial y subsumida por una normalización psicosexual (scientia sexualis) ha intentado derruir la fuerza política del inconsciente al nominarlo desde una lógica científica biopatriarcal. La ciencia contemporánea nos ha mostrado que hay una invención y producción de sexos a partir de la ideología hegemónica patriarcalizada, colonialista y capitalista que fundó a las ciencias duras, y a su vez, que es la inventiva del sexo la que se acopla forzadamente a una categoría biológica. También recordemos que hay una invención cultural de la heterosexualidad, y con ello, el interés es abrir un campo de discusión frente a la idea de que “todo género” es una categoría biológico-cultural excluyente de las relaciones de poder. La construcción de la realidad psíquica también es una realidad material que se enhebra con las elaboraciones de los fenómenos psíquicos, no entrampada en el mundo de las ideas, sino en el plano de las realidades y condiciones materiales que bordean a los cuerpos de una sociedad. Aquí es clave recordar que el freudomarxismo paralelamente con las investigaciones freudianas y las disidencias sexuales (plurales, múltiples y mutantes) nos han enfatizado desde una acción militante que lo sexual es político y que hay una política sexual que rompe la armonía de un binarismo o una categoría sexual. El psicoanálisis demuestra que toda acción (en acto) está organizada desde registros inconscientes sin aislar los eventos del exterior que lo modulan, y que la sexualidad, al igual que la muerte son contrapuntos que hacen del sujeto un enigma y un laberinto, y esto no implica una cerradura hacia el inconsciente, por el contrario, un enigma que demanda ser leído y un laberinto que ofrece entradas y salidas diversas. El psiquismo que configura al sujeto del inconsciente es inevitablemente político y su economía libidinal se deslocaliza del empirismo clásico, de la psicología moderna que se nutre de evidencias prefabricadas y de aquella psicología capitalista heteropsicosexuada. La ciencia conjetural que ofrece el psicoanálisis discute contra la demostrabilidad o experiencia de las ciencias psi. Probablemente, podemos sugerir que el psicoanálisis desde una panorámica anticapitalista en su esencia produce la desestabilización y descentralización del Hombre, y a su vez, de su sexuación.

Desde su aparición, la potencia y movilización política que produce el psicoanálisis se ha intentado degradar. Entre las críticas y violencias que al día de hoy persisten, es su relación con la ciencia (o ciencia psicológica) y su aburguesamiento. La ciencia demostrativa, sustancial y subsumida por una normalización psicosexual (scientia sexualis) ha intentado derruir la fuerza política del inconsciente al nominarlo desde una lógica científica biopatriarcal. La ciencia contemporánea nos ha mostrado que hay una invención y producción de sexos a partir de la ideología hegemónica patriarcalizada, colonialista y capitalista que fundó a las ciencias duras, y a su vez, que es la inventiva del sexo la que se acopla forzadamente a una categoría biológica. También recordemos que hay una invención cultural de la heterosexualidad, y con ello, el interés es abrir un campo de discusión frente a la idea de que “todo género” es una categoría biológico-cultural excluyente de las relaciones de poder. La construcción de la realidad psíquica también es una realidad material que se enhebra con las elaboraciones de los fenómenos psíquicos, no entrampada en el mundo de las ideas, sino en el plano de las realidades y condiciones materiales que bordean a los cuerpos de una sociedad. Aquí es clave recordar que el freudomarxismo paralelamente con las investigaciones freudianas y las disidencias sexuales (plurales, múltiples y mutantes) nos han enfatizado desde una acción militante que lo sexual es político y que hay una política sexual que rompe la armonía de un binarismo o una categoría sexual. El psicoanálisis demuestra que toda acción (en acto) está organizada desde registros inconscientes sin aislar los eventos del exterior que lo modulan, y que la sexualidad, al igual que la muerte son contrapuntos que hacen del sujeto un enigma y un laberinto, y esto no implica una cerradura hacia el inconsciente, por el contrario, un enigma que demanda ser leído y un laberinto que ofrece entradas y salidas diversas. El psiquismo que configura al sujeto del inconsciente es inevitablemente político y su economía libidinal se deslocaliza del empirismo clásico, de la psicología moderna que se nutre de evidencias prefabricadas y de aquella psicología capitalista heteropsicosexuada. La ciencia conjetural que ofrece el psicoanálisis discute contra la demostrabilidad o experiencia de las ciencias psi. Probablemente, podemos sugerir que el psicoanálisis desde una panorámica anticapitalista en su esencia produce la desestabilización y descentralización del Hombre, y a su vez, de su sexuación.

Desde su aparición, la potencia y movilización política que produce el psicoanálisis se ha intentado degradar. Entre las críticas y violencias que al día de hoy persisten, es su relación con la ciencia (o ciencia psicológica) y su aburguesamiento. La ciencia demostrativa, sustancial y subsumida por una normalización psicosexual (scientia sexualis) ha intentado derruir la fuerza política del inconsciente al nominarlo desde una lógica científica biopatriarcal. La ciencia contemporánea nos ha mostrado que hay una invención y producción de sexos a partir de la ideología hegemónica patriarcalizada, colonialista y capitalista que fundó a las ciencias duras, y a su vez, que es la inventiva del sexo la que se acopla forzadamente a una categoría biológica. También recordemos que hay una invención cultural de la heterosexualidad, y con ello, el interés es abrir un campo de discusión frente a la idea de que “todo género” es una categoría biológico-cultural excluyente de las relaciones de poder. La construcción de la realidad psíquica también es una realidad material que se enhebra con las elaboraciones de los fenómenos psíquicos, no entrampada en el mundo de las ideas, sino en el plano de las realidades y condiciones materiales que bordean a los cuerpos de una sociedad. Aquí es clave recordar que el freudomarxismo paralelamente con las investigaciones freudianas y las disidencias sexuales (plurales, múltiples y mutantes) nos han enfatizado desde una acción militante que lo sexual es político y que hay una política sexual que rompe la armonía de un binarismo o una categoría sexual. El psicoanálisis demuestra que toda acción (en acto) está organizada desde registros inconscientes sin aislar los eventos del exterior que lo modulan, y que la sexualidad, al igual que la muerte son contrapuntos que hacen del sujeto un enigma y un laberinto, y esto no implica una cerradura hacia el inconsciente, por el contrario, un enigma que demanda ser leído y un laberinto que ofrece entradas y salidas diversas. El psiquismo que configura al sujeto del inconsciente es inevitablemente político y su economía libidinal se deslocaliza del empirismo clásico, de la psicología moderna que se nutre de evidencias prefabricadas y de aquella psicología capitalista heteropsicosexuada. La ciencia conjetural que ofrece el psicoanálisis discute contra la demostrabilidad o experiencia de las ciencias psi. Probablemente, podemos sugerir que el psicoanálisis desde una panorámica anticapitalista en su esencia produce la desestabilización y descentralización del Hombre, y a su vez, de su sexuación.

El psicoanálisis que nos interesa estimular o provocar, es aquel que toma la distancia necesaria para ser coautor de una revuelta, la cual no se manifiesta solamente en panfleterías o ideaciones que no aterrizan en la materialidad tanto social como del sujeto. El psicoanálisis se caracteriza por sobrellevar los actos que nacen de la palabra, y a su vez, aquellos actos que escapan a la misma. Cierta palabra materializada podríamos decir que se encarna, moviliza y revoluciona las estratagemas que bien podrían despsicologizar, desheterosexuar y desambiguar a la práctica analítica en la que el mismo discurso se ha entrampado por su narcisismo infame. Tal vez, por ello nuestro oficio esté en ascenso, cada vez menos marginalizado pero más comercializado, con más obstáculos pero con más facilidades de pago. La lógica mercantil que ha obturado al psicoanálisis no es por ignorancia, sino por complicidad con el capitalismo. El psicoanálisis puede quedar inmovilizado al no aventurarse a salir de sí mismo, de continuar en la fantasía que es una práctica marginal y subversiva pero siempre desde la trinchera y comodín del caso por caso o la silla que reposa detrás del diván. La política del psicoanálisis debe salir de su nicho para realmente decolonizar lo inconsciente, por ello que nuestro oficio como obreros del inconsciente también pueda devenir anticapitalista y revolucionaria. Bien sabemos que la instalación de la transferencia y su disposición contratransferencial es porque descompone la noción clásica del narcisismo para llevarla más allá del horizonte capitalista, donde la queja y el malestar pueden reivindicar un lugar como síntoma, pero no a modo defensivo o de goce. La intervención del psicoanálisis (anticapitalista) es en la materialidad del sujeto en relación a sus pulsiones y sus límites. Este paraje es en suma incapitalizable, es el terruño del sujeto que se arraiga a la ética de su deseo. Esto se puede sintetizar bajo la primicia freudiana en la cual las pulsiones de Eros son las que contrarrestan y combaten la imperiosa necesidad de autodestrucción, lugar donde el virus del capital enferma, psicopatologiza e inventa una autofagia contra el sujeto mismo. El Eros que Freud arroja a Occidente es una acción combativa y feroz contra el capitalismo libidinal. Si deseamos un planeta más habitable y evitar la condena de la autodestrucción, nuestro oficio no es exclusivamente una teoría, también actúa en la materialidad misma, ya que lo psíquico es plenamente político, y esto exige ser conscientes que ante la finitud es el deseo lo que reorganiza nuestras fuerzas libidinales para vivir y habitar el mundo de otro modo.