La jurisprudencia del Sheriff o la tristeza de aplaudir al invasor

Carlos Emilio Gervasoni

El historiador romano Tácito, con esa lucidez implacable que solo da la cercanía al poder, pone en boca de un líder caledonio una de las frases más devastadoras sobre la naturaleza de la conquista imperial: "A la rapiña, al asesinato y al robo los llaman con nombre falso, gobernar y, donde crean un desierto, lo llaman paz".

Han pasado dos mil años. El imperio ya no viste togas ni calza sandalias; hoy viste traje azul, opera desde el Salón Oval. Pero la lógica de la Pax Romana (una paz de cementerio impuesta a sangre y fuego) sigue intacta, repitiéndose como una tragedia que leímos tantas veces y no podemos dejar de representar.

Las últimas horas han sido vertiginosas, casi irreales. La detención de Nicolás Maduro por fuerzas extranjeras — si, un ejército extranjero secuestró “detuvo” a un presidente (es para otro texto lo de Maduro y su gobierno) en su país, en una operación calculada para llevarlo a la injusticia por narcotráfico, posesión de armas (!?) y un sin fin de cuestiones que dejan en ridículo a las armas químicas de Irak — y su exhibición como un trofeo de caza, seguida de la conferencia de prensa de Donald Trump, marcan un antes y un después en la historia del derecho internacional (o lo que quedaba de él).

Vemos a Donald Trump, revalidado en su poder, sonriendo ante las cámaras con la satisfacción del sheriff que acaba de limpiar el pueblo, justificando el secuestro de un mandatario extranjero en nombre de la "libertad". Y del otro lado, vemos las imágenes espectrales de la diáspora venezolana: gente trabajadora, expulsada por el hambre y el autoritarismo, celebrando con banderas y llanto la intervención.

Es una tristeza que cala los huesos. No porque se defienda a Maduro —cuya gestión ha sido una fábrica de miseria y exilio, indefendible desde cualquier humanismo—, sino porque estamos presenciando la paradoja más cruel: la víctima abriéndole la puerta al verdugo bajo la alucinación de que es el salvador. Celebramos la caída del tirano local sin ver que estamos inaugurando la tiranía global.

Hay algo profundamente siniestro (unheimlich) en esta escena. Lo que se revela aquí no es justicia, sino una pulsión oscura de retorno al "Padre Terrible". Ante la orfandad de nuestras instituciones fallidas, el inconsciente colectivo no reclama autogobierno, sino que clama por una autoridad castradora que venga desde el Norte a poner orden, aunque ese orden sea el de la humillación nacional. Es el miedo a la libertad del que hablaba Erich Fromm, manifestándose ahora como una súplica de invasión.

Pero detengámonos un segundo. Hagamos el ejercicio intelectual de la honestidad, ese que tanto duele.

Si validamos que una potencia extranjera puede entrar en un país soberano, secuestrar a su presidente y juzgarlo bajo sus propias leyes, estamos dinamitando los cimientos de la convivencia mundial.

Hagamos el espejo:

Imaginemos por un instante que Vladimir Putin, alegando la "desnazificación" y la protección de los rusoparlantes (argumentos que ya usa), enviara un comando de élite a Kiev, secuestrara a Volodímir Zelenski y lo presentara engrillado en una conferencia en el Kremlin. ¿Qué diría el mundo? ¿Qué dirían la CNN, la BBC y los mismos que hoy aplauden a Trump? Gritarían "barbarie", "crimen de guerra", "terrorismo de Estado", "violación flagrante del derecho internacional".

Vayamos a Oriente. Imaginemos que Xi Jinping, bajo la doctrina de "Una sola China" y acusando a Taiwán de sedición, ordenara una operación relámpago para extraer a Lai Ching-te de Taipéi y juzgarlo en Pekín por "traición a la patria". El mundo occidental entraría en paroxismo. Se hablaría del fin de la democracia, de la brutalidad del régimen comunista, del atropello a la soberanía.

Sin embargo, cuando lo hace Estados Unidos, la narrativa cambia mágicamente. Ya no es un secuestro; es una "operación de justicia". Ya no es injerencia; es "restauración democrática".

Esta doble vara es la prueba flagrante de lo que Carl Schmitt definía sobre el soberano: Soberano es quien decide sobre el estado de excepción. Estados Unidos nos acaba de confirmar que ellos son la Ley, y que la Ley no aplica para ellos. Trump, desde su atril, no habló como un presidente democrático; habló como el Emperador que decide qué vida es nuda vida (como diría Agamben), qué gobernante es legítimo y cuál puede ser cazado como un animal.

Lo peligroso de este aplauso colectivo es que sienta una jurisprudencia terrible. Si hoy festejamos que se lleven a Maduro porque "es malo", mañana no tendremos argumentos cuando decidan llevarse a un presidente "bueno" (o simplemente a uno que nacionalice el litio, o que regule las plataformas digitales, o que desafíe el interés de una corporación). La puerta que se abrió hoy no se cierra más.

Vivimos bajo un realismo capitalista y geopolítico asfixiante. Nos han convencido de que no hay alternativa. Ante la complejidad de los problemas estructurales, la sociedad busca atajos. Y el atajo de la intervención extranjera es el más seductor y venenoso de todos.

Hay un micro-fascismo que anida en el deseo de que "vengan los Marines". Votamos y aplaudimos a quienes prometen dinamitar la soberanía, creyendo mágicamente que la explosión matará solo a "los malos", “la casta”, sin darnos cuenta de que la esquirla nos va a pegar a nosotros.

Es una forma de colonización pedagógica brutal. Hemos aprendido a pensar con la cabeza del invasor. Celebramos la conferencia de Trump como si fuera la liberación de París, olvidando que para el Imperio no somos aliados; somos su patio trasero. En esa fría estrategia que Trump despliega ante los micrófonos, Venezuela no es un pueblo a liberar; es un recurso a asegurar y un ejemplo a disciplinar.

Lo que sucede nos duele doblemente. Nos duele por el sufrimiento del pueblo venezolano, atrapado entre un gobierno inepto y represor, y un imperio voraz. Y nos duele porque confirma que América Latina sigue siendo incapaz de resolver sus propios traumas. Buscar la solución a nuestros dramas en la Casa Blanca es como tratar de apagar un incendio con nafta. Puede que la caída de Maduro deslumbre por su espectacularidad cinematográfica, pero lo único que garantiza es que la soberanía ha muerto.

La salida nunca es hacia afuera. No está en la sumisión al Sheriff del Norte. La salida es dolorosa, lenta y requiere de una paciencia histórica que hoy no tenemos. Todo lo demás, aunque venga envuelto en la bandera de las barras y estrellas, no es más que el viejo colonialismo de siempre, pasándonos la factura de nuestra propia ingenuidad.

"Seamos libres, que lo demás no importa nada", dijo San Martín. Una frase que hoy, frente a la pantalla que muestra a un presidente latinoamericano esposado en suelo extranjero, suena casi como un reproche, como un eco lejano de una dignidad que hemos decidido hipotecar.